…. una señora que vino al
consultorio acompañando a su hijo de catorce años.
Situémonos, es una madre con
su hijo adolescente. Ella es la que encara para entrar primero,
seguida por el pibe con cara de susto.
Me cuenta que el problema por
el que venía era la masturbación de su hijo, que consideraba como
algo muy grave.
Me dice que era algo que ya no
sabían cómo lograr que se dominara y que tenía a toda la familia
preocupada.
La cara del chico, a esta
altura del relato, ya había pasado del color rojo vergüenza al
morado explosión.
Le pregunté entonces cuál
era el problema, no lograba definirlo.
¡Que se masturba! Dijo ella,
ése es el problema.
¿Pero lo hace durante el
almuerzo o la cena, en la mesa? Le pregunté.
Noooo.
¿Lo hace en el living, dónde
lo hace?
En el baño doctor.
¿Y deja la puerta abierta?
Noooo, por favor, la cierra
con llave.
La cara del chico ya había
pasado del morado al violeta.
Y si el chico está en el
baño, con la puerta cerrada con llave, ¿cómo sabe usted que se
está masturbando?
Me pareció lógica la
pregunta, pero la respuesta fue insuperable.
¡Porque la abuela lo espía
por el ojo de la cerradura!
¿Cómo?
Si. Mi mamá lo espía por el
ojo de la cerradura y ve que se está masturbando.
Me sentí tan asombrado como
usted debe estarlo ahora, apiadado por el pibe y casi indignado con
la abuela.
Mi única respuesta fue
decirle: señora, a la que tiene que traer al médico es a la abuela,
ella es la que tiene problemas.
Y vos pibe, quedate tranquilo
que no pasa nada. Seguí con lo tuyo que no significa ningún
problema y no te ocasiona daño.
Las caras cambiaron, la señora
me miró seria y casi enojada.
El pibe me miró aliviado y
con cara de agradecimiento.
Cómo siguió la cosa, será
otra historia.

Comentarios
Publicar un comentario