SEXUALMENTE
HABLANDO
Programa
8
05/05/14.
Yo
te lo cuento:
Durante mucho tiempo, del tema
no se habló.
En otras épocas se habló de
enfermedades ocultas o vergonzantes. Y había especialistas que así
se anunciaban.
Ya hace varios años que nos
vamos acostumbrando a que se llamen de otra manera, más científica,
digamos.
Conocemos las disfunciones
sexuales.
Disfunción eréctil,
eyaculatoria, anorgasmia, trastornos del deseo son varios de los
términos que hemos aprendido.
Pero popularmente hubo, y
todavía hay, dos términos. Dos nombres que persisten.
Para el hombre, impotente.
Para la mujer, frígida.
Con el paso del tiempo esas
palabras se fueron volviendo adjetivos.
El varón impotente, la mujer
frígida.
Ya la persona no sufría de
impotencia o frigidez. “Era” impotente o frígida.
Los adjetivos fueron
calificativos.
No faltó mucho para que se
transformaran en insultos. “Sos un impotente, sos una frígida”.
Como decía, ahora hay otros
términos.
Por suerte despojados de lo
emocional, son científicos o técnicos.
Pero, a pesar de su cambio,
los términos viejos para algo servían.
Servían porque describían
bien lo que uno sentía.
Parafraseando al tango, la
ilusión de haber podido y el dolor de ya no poder.
El sentirse inútil,
indiferente o frío. Y no saber qué nos pasa ni cómo arreglarlo.
A veces sufriendo en silencio
durante mucho tiempo, con miedo.
Miedo al fracaso, miedo a la
humillación, miedo a la sensación de vacío posterior.
Miedo a los reproches del
otro.
Más angustias todavía al no
tener con quién hablarlo.
No tener con quién hablar, ya
que reconocer los problemas sexuales ante otro significaba también
reconocer el fracaso.
Nos sentimos como la única o
el único ser de la tierra a quien le pasa ésto.
Va siendo tiempo de ponerle
nombre al miedo.
El miedo sin nombre paraliza.
Cuando sabemos ya no somos los mismos.
A medida que sepamos cómo y
entendamos el por qué, vamos a encontrar soluciones.
Es cuestión entonces de
animarse a llamar las cosas por su nombre.
Comentarios
Publicar un comentario